Y pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y he aquí, hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y acercándose al sepulcro, removió la piedra y se sentó sobre ella. Y su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo a él los guardias temblaron y se quedaron como muertos. Y respondiendo el ángel, dijo a las mujeres: No temáis vosotras, porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, porque ha resucitado, así como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho. Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas se acercaron, y abrazaron sus pies y le adoraron.

Mateo 28:1-9

La pascua, como sabemos, es la celebración de la resurrección de Jesús al tercer día después de haber sido crucificado. En nuestros discursos y nuestras lecciones en la iglesia, hemos perdido casi toda el significado de la resurrección: Hemos hablado de ella como un asunto meramente metafísico. Enseñamos que por medio de la resurrección todos volveremos a vivir después de la muerte, y en nuestras enseñanzas esto es la relación que la resurrección tiene con la expiación. Tan importante que es lo metafísico, la verdadera liga entre la resurrección y la expiación también se trata de la ética.

Para entender esto, necesitamos preguntarnos, ¿Qué es la expiación? Necesitamos ir más allá que la simple afirmación que “Jesús sufrió y murió por nuestros pecados.” ¿Qué quiere decir eso? Si estamos enseñando, como solemos hacer, que Jesús aceptó un castigo en lugar de nosotros, entonces ya perdimos el significado de la resurrección. En ese caso, estamos adorando un dios tan cruel y sangriente que no nos quiere perdonar a menos que su propio hijo este torturado y asesinado. Esto no puede ser el caso; tal dios no es digno de adoración. Joshua Madson elaboró el problema con este punto de vista:

esta falta de participar en la expiación y en vez de hacerlo ver a Jesús solamente como una sustitución crea una vasija vacía cuyo propósito parece más como un chivo expiatorio que un individuo con una vocación o una obra que cumplir. Desconecta la vida de Jesús, donde encontramos sus palabras, hechos, y su visión del reino de Dios, y en su lugar nos da un icono.

No. La gracia no es un asunto legal en que hay un precio que se tiene que pagar. La gracia se basa en amor. Entonces, cuando escuchamos que Jesús murió por nuestros pecados, en vez de pensar que murió en lugar de nosotros, debemos pensar que murió por culpa de nosotros, es decir, porque instituimos y mantenemos una sociedad que se basa en la violencia. Jesús murió porque su existencia — su ejemplo y sus enseñanzas — fue una amenaza para los poderes políticos. El nos mandó crear una sociedad alternativa; nos invitó ser parte del reino de Dios, una sociedad justa sin lucro y sin violencia. Hasta hoy en día los gobiernos están matando personas — particularmente en Latinoamérica — que atrevan creer en tales ideas.

Eso es lo que da significado a la resurrección. Jesús estuvo en contra de poderes basados en violencia, y esos poderes respondieron de la única manera que conocían — y siguen respondiendo así hoy. Jesús no respondió con violencia; ni el ni su Padre utilizó la violencia para su protección. Mateo nos dice: “Y he aquí, uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hirió a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.” (Mateo 26:51-52) En vez de usar violencia para proteger a Jesús o para castigar a sus asesinos, Dios solucionó la situación con el mejor castigo — un castigo sin violencia — para los que quisieron que Jesús estuviera muerto. Les dijo, “no.”

Con la resurrección Dios nos enseñó como realmente se efectua la justicia. Violencia a cambio de violencia no es justicia. Castigos para los delincuentes no son justicia — solamente aplacan nuestros instintos sangrientes. La verdadera justicia es una rectificación del daño que el pecado causó. La verdadera justicia no es un castigo para el pecador; es una curación para su víctima. Es una restauración de lo que fue perdido, no un daño por otro daño. Por eso el mensaje de Jesús fue el amor hacia nuestros enemigos y el perdón para los que nos hicieron daño, y que esto es la nueva ley en lugar del antiguo “ojo por ojo.” Esto es el verdadero sentido de la resurrección y también de la expiación.