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Por Sangregorda

Antes que nada disculpad mi ausencia, no tengo ninguna excusa, o sí, pero es lo de siempre así que no os aburriré.

En fin, hace un par de domingos estaba en la escuela dominical y tratamos el famoso sueño de Pedro en que se le reveló que a partir de ese momento se  podría predicar el evangelio a los gentiles. “Dios no hace acepción de personas” se llamaba la lección, si no recuerdo mal.

No me voy a poner ahora a explicar toda la historia, la podéis encontrar en Hechos 10, pero el meollo de la cuestión es que supone el punto de inflexión histórico en que el evangelio dejó de ser patrimonio del pueblo escogido para ser accesible a toda la humanidad. O casi.

La lección se centraba en comparar este momento con la revelación en que se extendían las bendiciones del sacerdocio a todo varón digno, o sea, a los negros africanos.

Y aquí es dónde me gustaría hacer una reflexión ¿de verdad es comparable?

En 1978 ¿consideraban los miembros de la iglesia inmundos o pecadores a los negros? ¿evitaban que entrasen en su casa, consideraban impensable sentarse con ellos a comer, los restringían de participar en sus servicios religiosos? ¿consideraban un cataclismo que un hijo/a contrajera matrimonio con uno de ellos?

No soy una erudita de las escrituras, pero un judío observante habría tenido todos esos reparos para con un gentil. No era sólo una cuestión de raza o nacionalidad, a cuyas distinciones los judíos de la época estaban más que acostumbrados. Era más bien una cuestión de rectitud.

Por eso, creo que para entender el shock que significaría para los judíos cristianos de la época que, de repente, semejantes individuos fueran sus iguales (inmundos pecadores hasta hace nada) no se puede recurrir a la DO2 de la extensión del sacerdocio. Creo que se entendería mejor si nos planteáramos la posibilidad de que se declarara que los homosexuales fueran personas plenamente aceptables como miembros activos siempre que guardaran la ley de castidad hasta el matrimonio, siendo este legalmente válido. Es decir ver a una pareja del mismo sexo acudir de la mano a la iglesia, participar de los sacramentos, enseñar, predicar, servir… ¡sentarse a nuestro lado en la sacramental!

Vaya, algo así ciertamente nos ayudaría a entender los conflictos subsiguientes entre Pedro y Pablo, las vacilaciones de los gálatas, la estupefacción de los judíos cristianos de Jerusalén

Pero claro, plantearse algo así también otorga un nuevo significado al versículo

 34 Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas,

Habrá quien me diga que una persona abiertamente homosexual tiene espacio en nuestra iglesia mientras no sea sexualmente activo, pero yo ni me imagino lo que sería de ella tal como están las cosas ahora mismo. Ni me lo imagino.

Pero sí me imagino que pueda tener un testimonio, amar al Salvador tanto o más que yo, y necesitarle tanto como el que más. Todo ello sin querer renunciar al gozo de la vida en pareja, carga que seguramente yo misma no podría llevar (adoro mi matrimonio y mi vida familiar) y que no me siento capaz de imponer a nadie.

Y tampoco planteé esta reflexión en mi clase de ED, hasta eso es impensable.  Hasta eso.

Realmente me gustaría poder hablar de este tema de manera sosegada, desde la perspectiva y la compasión.

Como nota quisiera destacar que tanto en el caso de la inclusión de los gentiles como en la de los negros, fue el Señor quien reaccionó a los cambios sociales con una revelación de progreso a través del profeta, y no al revés.